Pasiones nocturnas

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Pasiones nocturnas

Mensaje por Arkangel el Miér Ene 02, 2013 3:51 am

En el manto moteado de estrellas que recubría el cielo de oscuro color, la luna llena resplandecía con la hermosura de una perla blanca, iluminando una ciudad que parecía dormida. Pero por las calles empedradas, oscuras sombras llevaban consigo en su inquieto caminar miles de sentimientos muy vívidos y despiertos. Todas ellas aguardaban con ardor e impaciencia una señal no acordada, que daría lugar al esperado momento.
Las puertas de la ciudad se cerraron y sus guardianes eternos durante el día abandonaron las posiciones establecidas para marchar a sus hogares, donde sus esposas los esperaban en sus lechos.
Una manecilla llegó a lo más alto de un círculo fraccionado y las doce campanadas del reloj de la torre anunciaron la media noche, llamando a la desenfrenada pasión de los amantes nocturnos.

En la casa de una ilustre familia, una ventana recién abierta dejó salir a un mar de sentimientos retenidos, que cada día esperaban a la ansiada noche para romper sus ataduras. La joven fugitiva huía de aquellas personas desconocidas que manejaban los hilos de su vida, sin esperar de ella nada que no hubieran planeado ya, como si de una marioneta muda y sin razón se tratase. Se sentía esclava durante el día, libre durante la noche, prisionera de su nombre, dueña de su corazón.

Paralelamente, un apuesto joven salió a hurtadillas cual ladrón de su humilde casa, en la que el dinero apenas no llegaba para la mínima comida. Asfixiado por las responsabilidades como hijo mayor, el joven deseaba evadirse de esta realidad empapándose en otra también existente, que, sin embargo, nunca podría llegar a mezclarse con la primera, al igual que no se mezclan el agua y el aceite.

Pegada a las paredes de las casas, se dibujaba una silueta con curvas femeninas, que con el sigilo y la rapidez de un felino, pero con la elegancia de una dama, se dirigió al lugar de encuentro con la persona que le rescataría del pozo de su desdicha.

Lejos ya de su casa, el joven sentía su corazón empujándole cada vez con más fuerza al de su amada. Se hallaban más cerca el uno del otro y sus latidos se multiplicaron por dos, o quizá por tres.

La joven ya veía el arqueado puente bajo el que encontraría a quién buscaba. Se acercó más y más, con la respiración agitada y el corazón desbocado, hasta que la evidente figura de un hombre yendo a su encuentro paralizó sus sentidos e inundó de calidez su cuerpo. Él la estrechó entre sus brazos fuertemente, inmensurablemente feliz de volver a estar otra vez junto ella, poder acariciarla y disfrutar de su amor.
Ella se sentía desfallecer. La soledad la había acompañado durante mucho tiempo y el gran afecto que él le profesaba la abrumó, pero ello no evitó que aprovechara al máximo cada milésima de segundo de aquel apasionado abrazo.
Ella alzó su cabeza, él la inclinó, y lentamente, sus labios fueron acercándose, como atraídos por la fuerza de imanes invisibles, ansiosos por compartir aquel esperado beso. Por fin, sus labios se sellaron y algo estalló dentro de sus corazones, que bombeaban sangre a sus venas como nunca lo habían hecho antes.
Las palabras sobraban, sus cuerpos reflejaban a la perfección sus sentimientos.

Se sentían flotar en una nube colmada de felicidad. Habían demostrado que Copérnico estaba equivocado, y que la Tierra no giraba alrededor del Sol, sino que el Sol y la Tierra giraban alrededor de ellos. Cada animal, cada planta, cada objeto… era insignificante comparado con lo que era el mundo que ellos compartían.
Sus sentimientos era lo más fuerte que tenían, y, simplemente, se dejaron llevar por ellos.
Bajo la oscuridad del puente, alejados, y a la vez en el centro de todo, descubrieron el nuevo significado de la palabra unidad. Era un significado excitante, apasionado, mágico, maravilloso…
Fundidos en la poesía de sus cuerpos, no importaba nada que no fuera el otro. Se olvidaron de todo. Ahora no importaba nada del mundo que dejaban atrás, ni su posición social, ni sus responsabilidades, ni lo que se esperaba de ellos, nada. Daba igual que tuvieran que verse a escondidas y daba igual que tuvieran que conformarse con un escondite bajo un puente de piedra, en la rivera de un río cuyas aguas discurrían lentas pero imparables, como el paso del tiempo.
El tiempo... Desgraciadamente, del tiempo era de lo único que no podían evadirse. Nada era para siempre, por mucho que se convencieran de ello. Todo, al final, siempre acababa.

Llegados a la cúspide de su frenesí, el momento mágico se terminó, y volvieron a formar parte de aquel mundo en el que sólo eran un par de granos de arena en un enorme desierto. Sin embargo, esas fuertes sensaciones persistirían para siempre en sus corazones, ahora unidos eternamente.

La noche tocaba a su fin, y las caricias y palabras de amor tuvieron que ser interrumpidas por la angustia y la tristeza de la separación. Era lo más duro, pero si esos instantes de aflicción eran el precio que debían pagar, estaban más que dispuestos, pues la recompensa era mil veces mayor. Un largo y tierno beso fue su despedida, tras la cual cada uno marchó a sus hogares antes de que el alba les amenazase con descubrirles. El día que les esperaba prometía ser largo e insoportable, pero lo afrontarían.

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